Escribir, crear y automatizar: así fue el Sistema de Formación Docente 2026
Durante el periodo intersemestral, la Universidad Externado de Colombia abrió inscripciones para el Sistema de Formación Docente 2026: una oferta de cursos diseñada para fortalecer las competencias profesionales de los docentes desde cinco frentes —genéricas, pedagógicas, digitales, investigativas y en segunda lengua—.
Dentro de ese sistema, desde DirInnova acompañamos tres cursos enfocados en competencias digitales:
- Transposición Didáctica: el arte de escribir para la virtualidad
- Microaprendizaje: creación de recursos multimedia y audiovisuales para educación
- Construye agentes de IA para crear cursos virtuales
Al cierre, los tres cursos certificaron a 51 profesores: 16 en Transposición Didáctica, 17 en Microaprendizaje y 18 en Construye agentes de IA, este último con una aprobación del 60 %.
Este taller, además, había agotado su cupo de inscripción semanas antes de empezar: uno de los temas más deseados de esta edición del sistema de formación.
Pero esas cifras, por sí solas, dicen poco sobre lo que realmente ocurrió. Marcos de referencia como DigCompEdu o el UNESCO ICT-CFT, que definen niveles de competencia digital docente, coinciden en algo: no basta con «usar» una herramienta. La competencia madura cuando el docente la integra pedagógicamente y la adapta a su propio contexto de enseñanza. Esta es la historia de cómo se vivió ese proceso en los tres cursos.
Transposición Didáctica y Microaprendizaje: escribir y crear para la virtualidad
Ambos cursos fueron la segunda versión de esta oferta formativa, y —al igual que en la primera— los profesores respondieron con entusiasmo a los temas trabajados. El proceso se desarrolló con éxito de principio a fin.
Para muchos participantes, esta fue la primera vez que tomaban un curso completamente virtualizado: estudiar los contenidos de forma autónoma, dentro de aulas virtuales diseñadas especialmente para ese propósito. No es un detalle menor. Pasar de la presencialidad a un formato 100 % autónomo implica un cambio de hábito, y los profesores lo asumieron bien.
Al cierre de ambos cursos, los comentarios de los participantes fueron consistentemente positivos. Una idea se repitió una y otra vez: el interés por seguir profundizando en las herramientas trabajadas y por fortalecer su comunicación digital con los estudiantes. Esa inquietud —el querer seguir aprendiendo una vez terminado el curso— fue, quizás, la señal más clara de que el espacio cumplió su propósito.
Construye agentes de IA: de la teoría a un prototipo real
Este taller tuvo un carácter distinto: presencial, más técnico y con un reto pedagógico particular. El objetivo era ambicioso —que cada profesor terminara construyendo un agente de inteligencia artificial aplicado a una necesidad real de su práctica docente— y el proceso para llegar ahí no fue lineal.
El principal reto fue lograr que los profesores pasaran de una comprensión conceptual de la inteligencia artificial a la creación práctica de agentes aplicados a sus propias necesidades educativas. Eso significó trabajar no solo lo técnico, sino también lo pedagógico: identificar problemas concretos, definir objetivos claros y pensar cómo esos agentes podían aportar al aprendizaje y a la gestión académica.
Lo que mejor funcionó fue partir de situaciones reales de la educación superior. Eso permitió que cada profesor experimentara directamente con la herramienta y visualizara aplicaciones concretas para sus propios cursos, mientras el intercambio entre docentes de distintas áreas ampliaba la mirada sobre los usos posibles de estas tecnologías en la universidad.
Cinco lecciones de IA en formación docente
El proceso de construcción también dejó varios aprendizajes propios del equipo que lo diseñó:
Al cierre, los comentarios de los participantes repitieron una idea con fuerza: el interés por seguir formándose en este tipo de competencias.
1. Primero la infraestructura, luego la pedagogía
Antes de pensar en cómo usar la IA en clase, había que resolver algo más básico: que toda la universidad tuviera acceso a una herramienta con licencia. La solución fue conectar Gemini con NotebookLM: un caso concreto de cómo una herramienta pasa de uso personal a uso institucional.
2. Lo que se aprendió fue a diseñar, no a usar una IA
Construir un agente se parece a diseñar un material didáctico: objetivos claros, instrucciones precisas, ajustes hasta que responda al curso real. Los profesores no usaron una IA ya armada; la armaron ellos mismos, y ahí estuvo el aprendizaje.
3. Menos tiempo, misma exigencia
Armar una actividad evaluativa completa —desde el montaje hasta las preguntas— pasó de una o dos horas a resolverse en minutos. Más que ahorro de tiempo, eso muestra que la herramienta ya es parte natural del trabajo docente.
4. Se cayó una barrera técnica
Antes, dar forma a una actividad interactiva —maquetarla, programar su interacción en HTML, diseñar las imágenes que la acompañaban— exigía saber programar o diseñar. Con el agente, profesores sin ese conocimiento técnico lograron construir ese mismo tipo de recursos por su cuenta.
5. El acompañamiento se ajustó a los distintos niveles técnicos
El manejo de herramientas digitales varía entre generaciones, y eso se notó en el taller. Los propios talleristas se turnaban como tutores, resolviendo dudas en el momento. Ese acompañamiento fue lo que permitió a todos llegar a la práctica, sin importar su punto de partida.
Lo que nos deja esta edición
Escribir para la virtualidad, producir recursos multimedia y entrenar un agente de inteligencia artificial son, en apariencia, tres terrenos distintos. Pero los retos que enfrentó cada curso —encontrar las herramientas correctas, acompañar el paso de la teoría a la práctica, sostener el proceso de principio a fin— hablan de algo que las cifras de aprobación no alcanzan a mostrar por sí solas: lo complejo y lo importante que es diseñar estos espacios de formación.
Y esa complejidad se tradujo, del otro lado, en profesores que terminaron con el deseo de seguir aprendiendo. El Sistema de Formación Docente 2026 pareció lograr algo más difícil que enseñar una herramienta: despertar la curiosidad por seguir usándola.
